Comprar una casa a los 65: una historia de fe, deuda y discernimiento
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Hola, mi nombre es Magda, y hoy quiero hablarles un poco de lo que actualmente estoy viviendo. Tengo 65 años. En los últimos años he trabajado junto a mi esposo en un negocio personal. Nosotros no teníamos una vivienda propia, pero después del fallecimiento de ambos padres, surgió la posibilidad de comprar la casa que fue de mis papás.
La verdad, esta es una de esas decisiones que no deben tomarse a la ligera, mucho menos a esta edad. Y se lo digo con toda honestidad, desde lo que estoy viviendo.
Una decisión que necesita cabeza fría y corazón abierto
En nuestro caso particular, la edad era un factor que debíamos tomar muy en cuenta. Aunque tengamos un negocio propio, eso no significa que los ingresos siempre serán iguales. Hay meses mejores, meses difíciles, situaciones inesperadas y gastos que no siempre se pueden prever.
También tuve que preguntarme: ¿qué es lo que realmente deseo?, ¿a qué costo?, ¿qué estoy dispuesta a asumir?
Hay cosas que tal vez deben hacerse cuando uno está más joven. Eso lo digo desde mi experiencia personal, no como una regla para todos, sino como algo que hoy entiendo mejor. Adquirir una deuda tan grande a nuestra edad es algo que no debe tomarse con emoción solamente.
Porque a veces la ilusión de tener algo propio puede nublar el entendimiento, el juicio y la percepción real de las cosas. Muchas veces, cuando uno toma una decisión así, lo primero que piensa es: “Se la quiero dejar a mis hijos”. Y aunque ese deseo nace del amor, también debe analizarse con mucha prudencia.
Lo que aprendí en este proceso
Ahora quiero compartir algunos consejos sencillos, no para decirle a nadie qué hacer, sino para que no cometa mis errores o para que, al menos, piense mejor antes de tomar una decisión importante. Hay decisiones en la vida que deben tomarse con cabeza fría, sin sentimentalismos. Eso no significa dejar de sentir, sino aprender a ordenar lo que sentimos.
Ore. Ore mucho. Ore hasta el cansancio. Pida a Dios discernimiento. Hable con personas que no sean familiares, pero que estén cerca de Dios, personas cuya moralidad usted respete. Si no quiere contar su caso completo, no lo haga. Pregunte como si fuera una situación general y escuche las respuestas con mente abierta, sin juicio y sin enojo. Tal vez alguien pueda decirle algo que usted no había tomado en cuenta.
No se fíe únicamente de sus ingresos actuales. Trate, en la medida de lo posible, de tener otra fuente de ingresos. Como diría alguien: reinvéntese. Y cuando tenga algo más sólido, algo más tangible, entonces dé el paso. Si puede dar un enganche mayor para que sus cuotas sean menores, considérelo seriamente.
No haga las cosas pensando solamente en sus hijos y en lo que quiere dejarles. No porque ellos no lo merezcan, sino porque si eso no pudo hacerse en una edad más joven, no tiene que atormentarse por hacerlo ahora a costa de su tranquilidad. Créame: vienen enfermedades propias de la edad, gastos no contemplados y, posiblemente, los ingresos ya no sean los mismos.
En mi caso, me di cuenta de que quería esa casa porque allí había vivido toda mi vida. Era la casa que mis padres construyeron con sus manos. Mi papá colocó los cimientos, porque sabía de eso. Yo tenía arraigados tantos recuerdos, tantas historias, buenas y malas, que no estaba preparada para dejarlas ir.
Y había algo más: donde vivo estoy a pocos minutos de más de seis iglesias. No podía imaginarme lejos de la Misa, lejos de esa vida de fe que tanto me sostiene.
Antes de asumir una deuda grande, haga sus cuentas
Otra cosa importante es prepararse bien antes de tomar una decisión que durará muchos años. Investigue. Pregunte. Revise cada gasto: abogados, traspasos, pagos extras, gastos administrativos, seguros, intereses, requisitos de la hipoteca y cualquier otro costo que pueda aparecer en el camino.
Haga sus cuentas antes.
Y aquí quisiera dejarle algo práctico, muy sencillo. Antes de tomar una decisión financiera grande, escriba en una hoja estas preguntas:
¿Cuánto puedo pagar realmente cada mes sin perder la paz?
No piense solo en el mejor mes de ingresos. Piense también en un mes difícil.
¿Qué gastos adicionales pueden aparecer?
Incluya salud, mantenimiento, trámites, transporte, alimentación, apoyo familiar y emergencias.
¿Estoy tomando esta decisión por paz o por miedo?
A veces queremos comprar, firmar o comprometernos porque tememos perder algo. Pero una decisión financiera importante necesita oración, información y serenidad.
Nunca deje de escribir sus gastos. Eso siempre le dará una pauta clara de dónde está parado. Economice. No sea tacaño, pero gaste en lo que realmente vale la pena.
Ayude a sus hijos cuando lo necesiten, pero recuerde que usted no está obligado a resolverlo todo. Ellos también deben entender su realidad. Debe haber una comunicación verdadera, sincera, franca y honesta, incluso con documentos sobre la mesa. Eso también lo heredarán: no solo una propiedad, sino una manera responsable de hablar de la vida, del dinero y de las decisiones.
Sus hijos pueden ser una gran ayuda, pero no deben ser su único soporte. Aun así, Dios mueve los corazones de los hijos. Y créame, usted puede ver milagros palpables a través de ellos. Dios también provee por medio de la familia, del trabajo que uno hace y de personas que simplemente llegan a ofrecer apoyo.
Dios provee, incluso cuando una no sabe cómo

Las decisiones que tomamos, consciente o inconscientemente, bien estudiadas o con falta de discernimiento, se convierten en aprendizaje. Y muchas veces lo único que deseamos es que otros no cometan nuestros errores, que lo hagan mejor, que lo piensen más, que no se dejen llevar solo por la emoción.
No le voy a mentir: me encanta tener mi espacio. Me siento acogida por Dios, amada y agradecida por todo. Incluso por esas noches de desvelo en las que me preguntaba: “¿Podremos pagar este mes?”.
Y Él siempre me sorprende.
Créame, Dios tiene ese sentido del humor. Uno llora y llora, va a Misa, ora, siente que ya no puede más… y Él está allí, moviendo todo, ocupándose de todo, tocando el corazón amoroso de los hijos, abriendo puertas en el trabajo y poniendo personas que ofrecen su apoyo.
No significa que no tengamos que hacer cuentas. No significa que no tengamos que ser prudentes. Pero sí significa que, cuando hacemos lo que nos corresponde y buscamos a Dios con sinceridad, Él no nos abandona.
Cuente su historia: alguien puede necesitarla
Por eso, cuando pueda transmitir sus enseñanzas a otros, cuente su historia. No como muchas veces hacemos, contando solo lo bueno, sino compartiendo también cómo lo hemos vivido realmente.
La vida se trata de amar y compartir. Usted no sabe si, con su historia, puede ayudar a alguien a acercarse a Dios, a orar, a tener paz, a encontrar consuelo o simplemente a sentir que alguien le escucha sin prejuicio y sin señalamiento.
Por eso hoy le cuento mi historia. Así trato de vivir: un día a la vez, sin prisas, sin ansiedades, sin remordimientos. Solo gozando lo que hoy vivo, con altibajos o no.
Bendiciones,
Magda
Orar, orar y escuchar lo que el Señor nos dice y pedir consejo a personas adecuadas y preferible que no sea familia. Gracias por compartir desde la experiencia personal.