Por qué los católicos necesitamos un testamento: planificar el futuro con fe y responsabilidad
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Pensar en la muerte rara vez resulta fácil. Hablar de un testamento, decidir quién cuidaría de nuestros hijos, determinar quién podría tomar decisiones por nosotros o conversar con la familia sobre lo que debería suceder cuando ya no estemos puede parecer algo que es mejor dejar para después. Sin embargo, posponer estas decisiones no hace que desaparezcan.
La Sagrada Escritura nos ofrece una invitación muy directa:
“Pon en orden tu casa” (cf. 2 Reyes 20,1).
Para un católico, poner en orden nuestros asuntos no tiene que ser un ejercicio de miedo. Puede convertirse en un acto de responsabilidad, amor y buena administración de aquello que Dios nos ha confiado.
Nuestra familia, nuestros bienes, nuestras responsabilidades y, en última instancia, nuestra propia vida son dones recibidos de Dios. Ser buenos administradores significa cuidarlos mientras vivimos, pero también prepararnos prudentemente para el momento en que ya no podamos encargarnos personalmente de ellos. Y esta planificación no es solamente para quienes tienen grandes patrimonios.
Un testamento es mucho más que dinero
Cuando escuchamos la palabra testamento, muchas veces pensamos primero en casas, cuentas bancarias, inversiones o herencias. Todo esto importa, pero una buena planificación comienza con las personas.
Si usted tiene hijos menores de edad u otras personas que dependen de usted, una de las preguntas más importantes es quién debería cuidar de ellos si usted ya no pudiera hacerlo. Dependiendo de las leyes del lugar donde vive, un testamento u otros documentos legales pueden permitirle expresar quién desearía que asumiera esa responsabilidad.
También conviene pensar en quién quedaría encargado de administrar su patrimonio y de cumplir su voluntad. Según el país o la jurisdicción, esta persona puede recibir distintos nombres legales. Tomar estas decisiones con anticipación puede reducir incertidumbre y carga emocional para la familia en un momento ya de por sí difícil.
¿Qué sucede si no tiene testamento?
La respuesta exacta depende del país donde usted viva y, en algunos casos, también de la legislación local aplicable. En términos generales, cuando una persona fallece sin un testamento válido, la ley determina cómo se distribuirán ciertos bienes y quién administrará la sucesión. Esas reglas no necesariamente conocen sus intenciones.
La ley no sabe que una Biblia familiar, un anillo de bodas, unas fotografías o un objeto heredado tienen un significado especial para uno de sus hijos. Tampoco sabe si usted deseaba apoyar a una parroquia, ministerio u obra de caridad como parte de su legado. Un testamento le permite dar mayor claridad a esas decisiones.
Piense también en los objetos con valor sentimental
Algunos de los conflictos familiares más difíciles después de un fallecimiento no se producen necesariamente por los bienes de mayor valor económico.
Pueden surgir por el reloj de papá.
La Biblia de la abuela.
Un anillo de bodas.
Fotografías familiares.
Una medalla religiosa.
Un crucifijo que ha pasado de generación en generación.
Hay objetos cuyo precio en el mercado puede ser pequeño, pero cuyo valor emocional para una familia es enorme.
Por eso, cuando resulte legalmente apropiado, puede ser conveniente expresar sus deseos sobre ciertos objetos personales y conversar sobre ellos con la familia.
La buena administración no consiste solamente en determinar quién recibirá qué. También puede significar ayudar a preservar las relaciones familiares después de nuestra partida.
El testamento es solo una parte de estar preparados
La planificación del futuro también debe considerar qué sucedería si usted sigue con vida, pero ya no puede manejar sus asuntos o comunicar sus deseos. Dependiendo del lugar donde viva, puede haber documentos legales que permitan designar a una persona para encargarse de ciertos asuntos financieros o participar en decisiones médicas en su nombre.
La terminología varía mucho. Puede encontrar expresiones como poder, poder notarial, directivas anticipadas, voluntad anticipada, instrucciones previas u otros documentos definidos por la legislación local. La pregunta importante es esta:
¿Quién hablaría por usted si usted ya no pudiera hablar por sí mismo?
Para un católico, vale la pena elegir a alguien que no solo le conozca bien, sino que también comprenda —o al menos respete fielmente— sus convicciones. Hablar con esa persona con anticipación puede evitar que sus seres queridos tengan que adivinar lo que usted habría querido.
Permita que su fe oriente las decisiones de salud
La enseñanza católica parte de la dignidad y la santidad de toda vida humana. Esa dignidad no desaparece porque una persona esté gravemente enferma, tenga una discapacidad, haya perdido la conciencia, dependa de otros o esté cerca del final de su vida.
Al mismo tiempo, la Iglesia no exige utilizar todo tratamiento médico posible simplemente porque exista. En algunos casos, puede ser legítimo rechazar o suspender tratamientos que resulten excesivamente gravosos o desproporcionados respecto al beneficio esperado. Sin embargo, la intención nunca debe ser causar la muerte.
La enseñanza católica también ofrece criterios importantes sobre el cuidado ordinario, incluida la alimentación, la hidratación, el alivio del dolor y el acompañamiento compasivo de quienes están gravemente enfermos. Como las circunstancias médicas pueden ser complejas, expresiones generales como “no quiero medios artificiales” pueden no reflejar adecuadamente la fe católica.
Al preparar instrucciones anticipadas sobre atención médica, puede ser conveniente consultar con profesionales de salud y del área legal y, cuando sea necesario, con un sacerdote, capellán católico o alguien que conozca bien la enseñanza moral de la Iglesia.
No olvide el cuidado espiritual
Prepararse para una enfermedad grave no es solamente un asunto médico o legal. También es un asunto espiritual.
Asegúrese de que las personas cercanas a usted sepan que desea acceso a un sacerdote y a los sacramentos cuando una enfermedad grave o el final de la vida se acerquen. Eso puede incluir la Reconciliación, la Unción de los Enfermos, la Sagrada Comunión o el Viático, así como la oración y el acompañamiento pastoral de la Iglesia. Prepararse para el futuro también significa cuidar a la persona entera: cuerpo y alma.
Su legado puede reflejar lo que usted valora
La planificación del patrimonio también nos invita a preguntarnos:
¿Qué quisiera que siguieran haciendo los recursos que Dios me confió cuando yo ya no esté?
Las responsabilidades con el cónyuge, los hijos, las personas dependientes, las deudas y otras obligaciones familiares vienen primero. Después de considerar esas responsabilidades con oración y prudencia, algunas personas también deciden incluir a su parroquia, a la Iglesia, a un ministerio o a una organización benéfica dentro de su planificación. Lo más importante no es el tamaño del donativo.
La pregunta más profunda es si la forma en que distribuimos lo que queda refleja los valores y prioridades que intentamos vivir durante nuestra vida.
No asuma que un mismo formulario sirve en todas partes
Los testamentos, las leyes sucesorias, la protección de menores, los poderes, las directivas anticipadas, los requisitos de testigos y los procedimientos legales varían mucho de un lugar a otro. Un documento preparado para un país puede no ser válido en otro. Incluso dentro de un mismo país, los requisitos pueden cambiar según la jurisdicción.
Por eso, conviene buscar orientación de profesionales que conozcan las leyes del lugar donde usted vive, especialmente si tiene hijos menores, una familia reconstituida, un negocio, propiedades en distintos lugares, dependientes con necesidades especiales o una situación financiera más compleja. Siempre que sea posible, busque asesores que respeten sus convicciones católicas.
Revise su planificación cuando la vida cambie
Hacer un testamento no es una tarea que se realiza una sola vez y se olvida. El matrimonio, el divorcio, el nacimiento de hijos o nietos, la muerte de un familiar, una mudanza, la compra o venta de propiedades, el inicio de un negocio o cambios importantes en la situación económica pueden afectar sus decisiones.
Como práctica general, puede ser prudente revisar su planificación cada cierto tiempo y también cada vez que ocurra un cambio importante en su vida. Vale la pena preguntarse:
¿Lo que preparé sigue reflejando hoy a mi familia, mis responsabilidades, mi fe y mi voluntad?
Empiece con una conversación
No tiene que resolverlo todo hoy. Puede comenzar con unas pocas preguntas:
¿Quién depende de mí?
¿Quién podría administrar mis asuntos con responsabilidad?
Si tengo hijos menores, ¿a quién querría dejar involucrado en su cuidado?
¿Quién podría tomar decisiones por mí si quedara incapacitado?
¿Esa persona comprende y respeta mi fe católica?
¿Hay objetos significativos sobre los que deba conversar con mi familia?
¿Mi planificación actual refleja el legado que deseo dejar?
¿Cuándo fue la última vez que revisé mis documentos?
Después, dé un siguiente paso. Converse con su cónyuge o su familia. Revise un testamento existente. Hable con un profesional calificado. Tenga la conversación pendiente con la persona en quien confiaría para hablar por usted. Poner nuestra casa en orden no significa vivir con miedo a la muerte. Significa vivir responsablemente hoy.
Visto desde la fe, preparar un testamento puede convertirse en otra expresión de buena administración: cuidar prudentemente lo que Dios nos ha confiado, reducir cargas para quienes amamos y dejar un legado que refleje aquello que más valoramos.
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Este artículo tiene fines educativos generales y no constituye asesoría legal, médica, fiscal ni financiera. Las leyes relacionadas con testamentos, sucesiones y directivas anticipadas varían según el país y, en algunos casos, según el estado, provincia o jurisdicción. Consulte a profesionales calificados donde usted reside para evaluar su situación particular.
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